Me miraba, y aunque lo hacia por el rabillo de su ojo de tonalidades marrones y amarillas, lo hacía fijamente. Parecía no querer perderme de vista. Yo le miraba, le admiraba, le imitaba. Un viento gélido, tan nuevo para mí, atravesaba mi cara, pero yo no sentía frío. De hecho… no sentía nada. O sí…, no lo sé… creo que tampoco respiraba… Simplemente volaba a su lado, confiada, segura, ilusionada. Planeaba cuando él lo hacía, remontaba como él las corrientes de los Andes…
Perdón, no os lo había presentado. Mi amigo era un cóndor andino, inmenso, majestuoso, ágil y esbelto, con sus plumas azuladas y su collar blanco tan suave que parecía armiño, tan elegante en su vuelo, silencioso, tranquilo, sin aleteos.
Sobrevolé con él parajes de una belleza tan grandiosa e intangible… que el halo de una felicidad casi eterna invadió mi cuerpo. Y así fuimos desde Colombia, pasando por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile… hasta la Tierra del Fuego.
Yo, confiada, le seguía mirando. Él de repente elevó su vuelo, yo no tuve tiempo de reaccionar, miré hacia adelante, vi una cima enorme ante mí…. y, a tanta velocidad, no pude evitar el accidente. El impacto fue brutal. Primero la cabeza… y, luego, el resto. Él no fue consciente del desastre. Ajeno al drama, había desaparecido en el azul infinito.
¿La cabeza…?, ¿La cabeza…? ¿…? No me dolía la cabeza… ¿por qué tenía que dolerme la cabeza…? Pero sí sentía un profundo dolor en los oídos, que se iba haciendo más y más intenso. Me iban a estallar los tímpanos…Empecé a abrir los ojos, intenté situarme en el espacio… pero… ¡los oídos! … que agresión, qué opresión… Abrí algo más los ojos, fijé la vista y empecé a sentir mi cuerpo.
¡Horror! … ¡la alarma del móvil machacándome sin piedad!… En un gesto rápido la apagué… Era lunes, otro más de los muchos de mi vida … Como una autómata abandoné la cama, subí la persiana, estaba oscuro. Inicié, paso a paso, la rutina establecida y la acabé tomándome las vitaminas con una taza de té. Salí a la calle y me sumergí en la selva de lo razonable…
Miré al cielo… como suelo hacer siempre. Soplaba un aire frío. Las ramas secas crujían levemente. De pronto una pluma blanca se posó en uno de mis guantes de lana. Algo en mi interior sonrió. Volví a mirar al cielo, y vi un ave indefinible que cruzaba el azul rosado…Empezaba a clarear.
Sencillamente, era lunes… pero quizás esta vez ¿diferente?
Lily – Barcelona, 28 de diciembre de 2008