Me tiro en el sofá, me duelen las piernas, los pies y hasta las mismas pestañas.
Buaggg!
Alguien me dijo: Cuando vuelvas te tomas un té, con limón, siempre con limón; no me gusta demasiado pero soy obediente y lo tomo, para “porsi”.
Pongo la radio, musiquita; no, no, demasiado bombo, exceso de ruido, cambio y ¡horror! encuentro “la pope”, me lanzo a por el mando a distancia y, mientras lo encuentro y no, una voz dice que Paul Newman ha muerto; esa belleza de hombre, esa elegancia con piernas ya no está en este mundo -así ande yo equivocada pero, mucho me temo, que ni en éste ni en ningún otro- ¡pues vaya! Mira tú que lo siento; no andamos precisamente sobrantes de elegancia y buenas y bellas formas.
Ahora sí, ahora encuentro música clásica ¡Hmmm! un precioso violín que si bien no hace que descanse mi cuerpo, logra que ya ni me acuerde ¿de qué? Pues de que salí a comprar unos zapatos, de que no encontré nada, de que no me gusta…
Vaya por dios! El teléfono; ganas me dan de hacer como que no lo oigo pero no puedo, no puedo; un par de veces que se me ocurrió no contestar una llamada me quedé mucho peor, que si vaya bicho que soy, que si mira que si necesitaba algo, que si lo mismo ha sucedido cualquier cosa -¡leñe de manía de imaginar desastres!- en resumen, que me levanto cual hipopótamo torpón, como si en vez de mover mi cuerpo tuviese que mover los 1500 kilos del mamiferillo.
-Buenas tardes, criatura
-Buenas hombretón
-¿Por qué me llamas hombretón?
-Pues por lo mismo que tú a mi criatura
-¡Si, claro, ya veo que es el mismo tono, si!
-Oye, pero vamos a ver ¿tú tienes especialidad?
-Hmmm
-Que si acaso ves por la bolita de cristal cuando ando sin andar para venir a tocar…
-¡Ieeepa! Para, para, que no, que no te quiero molestar.
-Que no, que no molestas, que es que soy un poco vaca; mira es que acabo de llegar, fui a comprar unos zapatos y llevo así dos días y que nada; veo a las mujeres, a mi lado, probándose unos y otros y preguntándose cuál de todos se llevan y ¡no me lo puedo creer! Me siento como un bicho raro y más perdida que un pulpo en un garaje. Y siempre igual, cada vez que tengo que comprar unos zapatos me mosqueo, me entristezco…
-¿Te entristeces?
-Pues sí, ya te lo he dicho, quiero unos zapatos.
-Pues cómpralos.
-Y a ver, listo que eres un listo, dónde encuentro yo unos zapatos sin tacón, sin lazos, sin pompones y brillos, que no sean “bailarinas” o como aquellos “gorila” que me compraba mi madre para ir al cole.
-Ya ves debo estar equivocado, yo creí que, tal y como anda el mundo, ir a comprar era un privilegio, motivo de contento y, si me apuras, hasta de agradecimiento; jamás se me habría ocurrido pensar que no sólo no sería eso sino que seria ¡ motivo de disgusto! ¿Tú sabes la cantidad de gente que no puede ni siquiera ir a comprar lo que verdaderamente necesita?
Y, aquí, viene un silencio muy, muy largo seguido de un: tienes razón y de una carrerita, que ya no es de hipopótamo sino de liebre, hacia el sitio en el que guardo mi aguardiente gallego.
Vuelvo al teléfono mucho más recompuesta y le digo:
-Gracias amigo ¡qué haría yo sin ti!.