Tristemente, “Marta” ha sido la noticia de la semana pasada; joven, preciosa por dentro y por fuera, inocente, confiada; algo que nos desgarra a todos y sobremanera, a quienes tenemos hijos o hijas. No resisto la empatía con ese padre que se muestra duro, de cara al público, y con esa madre que se muere por dentro, los supera la situación, y a mí también.
Siempre hay un pero. Los carroñeros de la información hacen su momento, entrevistan a niños y niñas, consumen horas y horas con el tema, y mientras ahora muchos nos preguntamos ¿qué demonios pasa entre nuestros jóvenes? Sin querer considerar que son nuestro reflejo ¡No hay culpa!, son menores.
Educación, ésa es la teoría de todos los que pensamos de forma semejante. El poder del macho dominante “mía o de nadie”, se repite y ya no digamos esa “falsa amistad solidaria” que ayuda y silencia el desmán ¿Dónde está? ¿Qué hacemos los adultos? ¿Cómo vamos a parar toda esta máquina de matar? Hemos valorado y seguimos valorando la vida de esta niña, ¡su vida!, que evidentemente merecía. Me pregunto ¿es necesario tanto programa de cotilleo disfrazado de información? De cualquier forma esos malditos no saben, no contestan, no le conviene al dinero fresco.
Mientras por otro lado, esos niños de color negro cetrino, que tienen la osadía de dejar a sus familias, sus poblados, sus miserias, mueren como peces fuera de una pecera y resulta que son pocos los que se conmueven, los que se estremecen ante el terror del desconcierto, o por lo menos, todo ocurre de otra forma.
Tengo el físico estrujado, aniquilado por ver esas imágenes de cómo se recogían esos cuerpos inertes, peleles del mar y de la fuerza de las olas.
No se han hecho casi programas especiales, entrevistas, ni pancartas. Bueno, para ser justa si que se han tirado al mar héroes sin nombre conocido, que con enorme sentido de la justicia han intentado lo imposible y han tenido su premio personal, ¡salvar! a seis de ellos.
Un amigo me dice que “el desarrollo de un pueblo se debería medir por el valor que se le da a una vida”, Valoro enormemente la vida de Marta, que tristemente no volverá a pisar el camino de su casa, pero ¿hasta dónde valoramos la vida de todos estos niños? ¿Podemos hacer algo para que no vuelva a ocurrir?
Hay momentos en que reniego de mi pertenencia a esta estirpe predadora, incapaz de proteger a los suyos, a su propia especie, ¡el ser humano!
¿Quién nos otorga esa potestad de decidir quién se puede asentar en un territorio determinado?
Se nos recuerda a diario que estos niños nos cuestan dinero a los canarios y canarias, miles de euros, que al parecer no tenemos; mienten una y mil veces. Son jóvenes, como nuestros propios hijos, que están listos para ser productivos, pero más baratos y con potencial para ser puente lingüístico, cultural y de valores, hacia un continente africano que queremos ignorar ¡un regalo para cualquier economía! Tiene que existir alguna manera, alguna posibilidad de un reparto presupuestario, que más allá de lloradas, vaya a donde realmente conviene.
En este bonito momento carnavalero que estamos pasando, del que soy gran seguidora, no pienso más que en los dispendios, en la doble moral, en lo de quedar como alguien solidario, ¿soli… qué? Me ripia recordar aquellos pasajes bíblicos: que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Ya ni siquiera me planteo que administración debe intervenir, si se deben tomar medidas mucho más duras desde el origen, lo que si que no soporto es la indiferencia ante determinadas vidas humanas.
Escrito por carmencoello
Escrito por latertuliadelcafe
Escrito por soutelo